Chicago, diciembre de 1978. John Wayne Gacy comenzaba a ponerse nervioso. Desde hacía varios días sabía que la policía lo seguía y los agentes ni siquiera parecían esforzarse demasiado en ocultarlo. Si abandonaba su casa de Summerdale Avenue, un coche aparecía detrás; si entraba en un restaurante, alguno de aquellos hombres terminaba sentado cerca; si conducía durante horas, ellos conducían durante horas. Gacy sabía perfectamente por qué estaban allí. Un adolescente de quince años llamado Robert Piest había desaparecido después de decirle a su madre que iba a hablar con un contratista que podía ofrecerle un empleo mejor pagado. Ese contratista era él.

Lo sorprendente es que Gacy todavía conservaba suficiente sangre fría para bromear con sus perseguidores. Hablaba con ellos, intentaba mostrarse despreocupado e incluso llegó a invitarlos a entrar en su casa. En uno de aquellos encuentros pronunció una frase que terminaría resultando macabra: «Los payasos pueden salirse con la suya incluso con un asesinato». Gacy sabía bastante de payasos. Algunas veces se pintaba la cara de blanco, se dibujaba una enorme sonrisa alrededor de la boca y se convertía en Pogo. Lo que aquellos policías todavía no sabían era que también sabía bastante de asesinatos. Mientras conversaba con ellos había cadáveres escondidos debajo de su propia casa.
El respetable señor Gacy
John Wayne Gacy había nacido en Chicago el 17 de marzo de 1942. Su infancia estuvo marcada por una relación complicada con su padre, un hombre al que describiría décadas después como dominante, severo y abusivo cuando bebía. Pero buscar una explicación sencilla en su infancia sería engañoso. Millones de personas crecen en hogares difíciles sin convertirse en asesinos. Lo importante para comprender a Gacy es la extraordinaria capacidad que desarrolló para construir una apariencia de normalidad mientras escondía una vida completamente diferente.

En 1968 esa fachada sufrió una primera grieta importante. Gacy fue condenado en Iowa por abusar sexualmente de un adolescente de quince años y recibió una pena de diez años de prisión. Sin embargo, salió en libertad condicional después de cumplir alrededor de dieciocho meses. Regresó a Chicago y volvió a empezar. Fundó PDM Contractors, una empresa dedicada a construcción y reformas que empleaba frecuentemente a adolescentes y hombres jóvenes. Organizaba barbacoas, participaba en actividades comunitarias, tenía contactos políticos y llegó incluso a fotografiarse con la primera dama Rosalynn Carter.
También apareció Pogo el Payaso. Gacy se disfrazaba para determinadas fiestas y actos comunitarios, una imagen que años después terminaría fusionándose con sus crímenes hasta convertirlo popularmente en el «payaso asesino». Pero Pogo no era quien asesinaba. El hombre detrás de la pintura era mucho más inquietante precisamente porque, sin maquillaje, podía parecer un empresario corriente.
El primer cadáver bajo la casa
El primer asesinato conocido ocurrió en enero de 1972. La víctima fue Timothy Jack McCoy, de dieciséis años, que viajaba en autobús cuando hizo escala en Chicago y conoció a Gacy. Este se ofreció a enseñarle la ciudad y finalmente le permitió pasar la noche en su vivienda antes de continuar su viaje al día siguiente. Timothy nunca llegó a su destino.
Gacy contaría posteriormente una historia peculiar sobre aquella muerte. Según él, se despertó y encontró al adolescente junto a su cama sosteniendo un cuchillo. Creyendo que pretendía atacarlo, reaccionó violentamente y lo mató; solo después habría descubierto que McCoy estaba preparando el desayuno. La versión procede del propio Gacy, un hombre que cambiaría repetidamente su relato, por lo que debe tratarse con enorme cautela.

Lo indiscutible es que Timothy entró vivo en Summerdale Avenue y murió allí. Gacy ocultó su cadáver debajo de la vivienda y continuó con su vida. Los vecinos siguieron saludándolo, los clientes siguieron llamándolo y nadie apareció inmediatamente para excavar bajo su casa. Aquello debió de enseñarle algo aterrador: podía matar a una persona, enterrarla a pocos metros del lugar donde dormía y comprobar al día siguiente que el mundo seguía funcionando exactamente igual.
En julio de 1975 desapareció John Butkovich, de dieciocho años, antiguo empleado de PDM Contractors que reclamaba dinero que Gacy supuestamente le debía. Fue a verlo para solucionar la disputa y nunca regresó. Cuando su familia preguntó por él, Gacy aseguró que habían hablado y que el muchacho se había marchado. Era mentira. Butkovich también terminaría enterrado en su propiedad.
El «truco de las esposas»
Con el tiempo Gacy desarrolló un método para conseguir que algunas víctimas quedaran indefensas sin necesidad de abalanzarse inmediatamente sobre ellas. Lo presentaba como un juego: el «truco de las esposas». Presumía de conocer una forma de escapar de ellas y, después de despertar la curiosidad del joven que tenía delante, lo invitaba a probar.

Una muñeca quedaba cerrada. Después la otra. Clic. Clic. Entonces la víctima descubría que no había truco alguno: Gacy tenía las llaves. A partir de ahí comenzaban las agresiones y abusos. Para matar recurrió con frecuencia al estrangulamiento y en algunos casos utilizó una cuerda que podía retorcer progresivamente mediante un objeto empleado como torniquete.
Muchos años después, ya condenado a muerte, Gacy tuvo la frialdad de mostrar al periodista Walter Jacobson el tipo de nudo que sabía realizar. Mientras lo hacía sobre el brazo del entrevistador comentó: «Es el único nudo que aprendí». La escena resultaba especialmente inquietante por el uso de cuerdas y ligaduras en sus crímenes.
Durante 1976 el ritmo de desapariciones aumentó. Darrell Samson, de dieciocho años; Randall Reffett, de quince; Samuel Stapleton, de solo catorce; Michael Bonnin, de diecisiete; William Carroll, de dieciséis; Rick Johnston, de diecisiete… Los nombres comenzaron a acumularse mientras Gacy seguía trabajando y manteniendo su apariencia de ciudadano respetable.

Debajo de su vivienda existía un crawl space, una cámara sanitaria de poca altura situada entre el terreno y el suelo de la casa. Gacy la convirtió en cementerio. Allí fue enterrando cadáveres hasta el punto de que algunos terminaron muy próximos unos de otros. Con el tiempo apareció un problema imposible de evitar: el olor. Gacy ofrecía explicaciones relacionadas con las tuberías, la humedad o el sistema de desagüe.
Arriba continuaban las reuniones, las conversaciones, el trabajo y las barbacoas. Debajo estaban los muertos.
Los muchachos que desaparecían
Entre aquellos jóvenes estaba James «Jimmie» Haakenson, de dieciséis años. Había salido de Minnesota durante el verano de 1976 y el 5 de agosto llamó a su madre desde Chicago. Fue la última vez que ella escuchó su voz. Cuando los restos fueron recuperados años después de debajo de la casa de Gacy nadie consiguió identificarlos y pasaron a denominarse simplemente «Víctima 24». La madre de Jimmie intentó averiguar ya en 1979 si alguno de aquellos cadáveres podía ser su hijo, pero murió sin conocer la respuesta. No fue hasta 2017, gracias al ADN de dos hermanos, cuando la Víctima 24 recuperó finalmente su nombre.

Durante 1977 y 1978 continuaron desapareciendo jóvenes. Entre ellos estaban Matthew Bowman, Robert Gilroy, John Mowery, Russell Nelson, Robert Winch, Tommy Boling, David Talsma, William Kindred, Timothy O’Rourke, Frank Landingin y James Mazzara. Algunos eran menores. Otros buscaban trabajo. Algunos viajaban o se encontraban alejados de sus familias. En una época sin teléfonos móviles, geolocalización, cámaras omnipresentes ni bases policiales perfectamente conectadas, una desaparición podía tardar en relacionarse con otra ocurrida en una jurisdicción diferente.
Gacy aprovechó esa invisibilidad. Pero llegó un momento en que incluso el espacio bajo su casa comenzó a quedarse pequeño. Algunos de los últimos cadáveres fueron arrojados al río Des Plaines. Lo que había comenzado con una tumba bajo la vivienda se había convertido en una maquinaria de asesinatos que parecía no detenerse.
Hasta que desapareció Robert Piest.
El muchacho que terminó con todo
El 11 de diciembre de 1978, Robert Piest, de quince años, estaba trabajando en la farmacia Nisson de Des Plaines. Su madre había acudido al establecimiento para recogerlo y Robert le comentó que quería hablar con un contratista que le había ofrecido la posibilidad de ganar más dinero.
Volvería enseguida. El contratista era John Wayne Gacy. Robert no regresó.
Esta vez la desaparición provocó una reacción inmediata. La policía reconstruyó sus últimos movimientos y llegó rápidamente hasta Gacy. Cuando investigaron sus antecedentes descubrieron su condena anterior por abuso sexual. El 13 de diciembre obtuvieron una orden para registrar su casa.

Los agentes encontraron objetos sospechosos, pero todavía no encontraron los cadáveres. Entre las evidencias recogidas apareció posteriormente una pieza diminuta que resultaría decisiva: un recibo de revelado fotográfico de la farmacia Nisson. La investigación determinó que había estado en posesión de Robert Piest inmediatamente antes de su desaparición. Aquel pequeño papel relacionaba directamente al adolescente desaparecido con la casa de Gacy.
La policía decidió vigilarlo estrechamente.
Gacy empezó a deteriorarse. Dormía poco, bebía, conducía de un lugar a otro y sabía que los agentes estaban cada vez más cerca. En algún momento de aquellos días, uno de los policías que entró en la vivienda percibió algo especialmente preocupante: un olor que reconoció como semejante al de un cadáver en descomposición. El agente tenía experiencia previa con cuerpos putrefactos y transmitió sus sospechas a los investigadores.
Ahora tenían el recibo. Tenían el olor. Tenían los antecedentes. Y tenían un adolescente desaparecido que había sido visto por última vez cuando iba a encontrarse con Gacy. El 21 de diciembre obtuvieron una segunda orden de registro. Esta vez buscarían debajo de la casa.
El cementerio de Summerdale Avenue
Los investigadores accedieron al crawl space y comenzaron a excavar. No tardaron en aparecer restos humanos. Después otros. Y otros.
La casa se transformó en una gigantesca escena del crimen mientras policías, técnicos forenses y trabajadores retiraban tierra. Los cuerpos estaban enterrados en diferentes zonas bajo la vivienda y alrededor de la propiedad. Finalmente se recuperaron 29 víctimas de la propiedad de Gacy; otras cuatro fueron vinculadas a él tras aparecer en el río Des Plaines. El total establecido judicialmente alcanzó los 33 asesinatos.
Mientras los investigadores excavaban, las familias de jóvenes desaparecidos comenzaron a enfrentarse a una pregunta insoportable: ¿estaba su hijo debajo de aquella casa?

Gacy fue arrestado en relación con la desaparición y asesinato de Robert Piest. Durante los interrogatorios terminó realizando declaraciones extraordinariamente incriminatorias. Según el relato posterior recogido por CBS, dijo a los investigadores «tenéis todos los cuerpos» y llegó a proporcionar un esquema que indicaba dónde se encontraban numerosos cadáveres. También condujo a la policía hasta lugares concretos relacionados con los enterramientos.
La fachada del respetable John Gacy se había derrumbado en cuestión de días.
Treinta y tres asesinatos ante un jurado
El juicio comenzó en febrero de 1980. El problema para la defensa era evidente: había decenas de cadáveres, abundantes evidencias físicas y las propias declaraciones realizadas por Gacy. La estrategia se concentró en su estado mental y en intentar demostrar que no podía ser considerado legalmente responsable de sus actos.
La acusación sostuvo exactamente lo contrario. Gacy seleccionaba víctimas, conseguía llevarlas a un entorno que controlaba, las inmovilizaba, las asesinaba, ocultaba los cuerpos y posteriormente mentía sobre lo sucedido. No eran actos caóticos de alguien incapaz de comprender la realidad, argumentaban los fiscales, sino una conducta repetida durante años.
El 12 de marzo de 1980 el jurado necesitó menos de dos horas para declararlo culpable de 33 asesinatos. Al día siguiente decidió que debía morir. Fue condenado a muerte por doce de los homicidios, aquellos cometidos después de que la legislación de Illinois que contemplaba la pena capital hubiese entrado en vigor.
Comenzó entonces otra etapa de la vida de Gacy: catorce años en el corredor de la muerte.
Y allí volvió a reinventarse.
«Yo no soy ese monstruo»
Gacy comenzó a pintar. Payasos, personajes de Disney, retratos y escenas religiosas salieron de sus pinceles y algunas de aquellas obras terminaron vendiéndose. Resultaba una paradoja difícil de ignorar: el hombre conocido mundialmente como el «payaso asesino» producía ahora pinturas de payasos que otras personas querían comprar precisamente porque las había pintado él. Pero lo más sorprendente ocurrió con su versión de los asesinatos.

Con los años comenzó a negar aquello que anteriormente había admitido. En 1992 concedió a Walter Jacobson una extensa entrevista desde prisión y aseguró que se había construido una imagen falsa de él:
«Cuando pintan la imagen de que yo era este monstruo que recogía a estos monaguillos por las calles y los aplastaba como moscas, digo: esto es ridículo.»
Incluso afirmó haber pasado tres horas y media sometido a «suero de la verdad» y que aquello demostraba que no sabía nada de los crímenes. CBS señaló posteriormente que no existía evidencia de que semejante prueba hubiera tenido lugar.
Gacy llegó a sostener que solo tenía conocimiento de unos pocos asesinatos y que, como mucho, podrían acusarlo de complicidad en dos. También intentó involucrar a antiguos empleados y conocidos. Las afirmaciones sobre posibles cómplices han sido objeto de controversia e investigación posterior, pero no modificaron su condena por 33 asesinatos.
La entrevista contiene momentos difíciles de conciliar con cualquier idea de arrepentimiento. Hablando de sí mismo como padre, afirmó que había sido «cariñoso y atento» y añadió que no creía en pegar a los niños. Cuando Jacobson le recordó la evidente contradicción de semejante afirmación viniendo de un hombre condenado por asesinar a 33 jóvenes, Gacy respondió atacando la imagen que se había construido sobre él.
Tampoco le gustaba que lo comparasen con otros asesinos en serie. Cuando aparecieron nombres como Jeffrey Dahmer, Ted Bundy o Charles Manson, reaccionó:
«Odio que me metan en el mismo club que ellos.»
Pero había otra declaración todavía más cruel. Delores Nieder, madre de John Mowery —una víctima de diecinueve años que había sido marine y estudiaba contabilidad—, defendía públicamente la ejecución de Gacy. Él respondió desde prisión diciendo que aquella mujer, que quería que recibiese 33 inyecciones, debería tomarse «33 Valiums» e irse a acostar. Después atacó incluso la memoria de su hijo.
Catorce años después de los asesinatos, Gacy seguía encontrando enemigos en todas partes excepto en el espejo.
10 de mayo de 1994
Los recursos judiciales fueron agotándose. El Tribunal Supremo de Illinois confirmó su condena en 1984 y finalmente llegó el día señalado. El 10 de mayo de 1994, John Wayne Gacy fue conducido a la cámara de ejecución del Stateville Correctional Center, en Joliet. Tenía 52 años.

Su última frase conocida ha pasado a la historia por su vulgaridad y desafío: «Kiss my ass» —«Bésame el culo»—, aunque existen matices en las fuentes sobre si fueron literalmente sus últimas palabras pronunciadas ya en la cámara o una expresión dirigida a funcionarios poco antes.
La ejecución tampoco transcurrió completamente según lo previsto. Durante la inyección letal, uno de los productos químicos obstruyó el tubo intravenoso. Las persianas que separaban a los testigos fueron cerradas mientras el equipo sustituía el conducto y el procedimiento pudo continuar. En total tardó unos dieciocho minutos. Gacy fue declarado muerto a las 00:58.
El hombre había muerto.
Su caso, sin embargo, no había terminado.
Los muertos que todavía esperan recuperar su nombre
Cuando los investigadores comenzaron a sacar cuerpos de Summerdale Avenue a finales de 1978, algunos estaban demasiado deteriorados para ser identificados con las técnicas disponibles entonces. Durante décadas varias víctimas fueron conocidas únicamente mediante números.
En 2011 las autoridades del condado de Cook reabrieron la investigación utilizando nuevas técnicas de ADN. Ese mismo año identificaron a William Bundy. En 2017 llegó el turno de James «Jimmie» Haakenson, el adolescente de dieciséis años que había llamado a su madre desde Chicago antes de desaparecer. Y en 2021 la genealogía genética permitió identificar a la antigua Víctima número 5 como Francis Wayne Alexander, que tenía aproximadamente 21 o 22 años cuando fue asesinado.
A septiembre de 2026 todavía quedan cinco víctimas de John Wayne Gacy sin identificar. Las autoridades disponen de perfiles de ADN aptos para comparación de las cinco y mantienen abierta la investigación.

Quizá ahí se encuentre la parte más inquietante de toda la historia. Gacy murió hace más de treinta años. Su casa fue demolida. El terreno cambió. Los investigadores cerraron cajas de pruebas, los policías envejecieron y muchos familiares murieron sin obtener todas las respuestas. Pero todavía existen cinco jóvenes de los que conocemos sus huesos y no sus nombres.
John Wayne Gacy pasó años intentando controlar la historia que se contaba sobre él. Primero fue el empresario respetable. Después Pogo el Payaso. Cuando lo descubrieron fue el acusado que alegaba problemas mentales y, desde el corredor de la muerte, terminó presentándose como una especie de víctima de la policía, los fiscales y los medios. Incluso después de que 33 asesinatos lo convirtieran en uno de los criminales más conocidos de Estados Unidos, protestaba porque no quería que lo colocaran en «el mismo club» que otros asesinos en serie.
Pero debajo de todos aquellos personajes siempre permaneció la misma realidad: 33 adolescentes y hombres jóvenes murieron, 29 fueron recuperados de su propiedad y otros cuatro del río Des Plaines. Algunos tenían catorce, quince o dieciséis años. Algunos buscaban trabajo. Otros estaban viajando. Algunos tardaron décadas en recuperar su identidad. Cinco todavía no la han recuperado.
Y por eso aquella frase que Gacy pronunció mientras la policía estrechaba el cerco resulta hoy mucho más siniestra que cualquier fotografía de Pogo:
«Los payasos pueden salirse con la suya incluso con un asesinato.»
Durante años, John Wayne Gacy debió de creer que tenía razón.
Treinta y tres víctimas después descubrió que no.



