Cinco mujeres asesinadas, un barrio aterrorizado y un criminal que desapareció sin dejar una identidad. En el otoño de 1888, las calles de Whitechapel, uno de los barrios más pobres de Londres, se convirtieron en el escenario de unos crímenes que conmocionaron a la sociedad victoriana. La policía interrogó a centenares de personas, los periódicos recibieron cartas supuestamente escritas por el asesino y los rumores señalaron a médicos, carniceros, inmigrantes, aristócratas e incluso miembros de la familia real. Más de un siglo después, seguimos sin saber quién empuñó realmente el cuchillo.
Whitechapel, 1888: el barrio donde comenzó la pesadilla
Londres era entonces la capital de un imperio que se extendía por medio mundo, pero bastaba caminar hacia el East End para descubrir una realidad muy distinta a la de los elegantes salones de Westminster. Whitechapel estaba abarrotado de viviendas insalubres, alojamientos baratos, fábricas, tabernas y callejones donde la pobreza formaba parte de la vida cotidiana. Miles de personas sobrevivían con trabajos ocasionales, y muchas mujeres carecían de recursos suficientes para pagar siquiera una cama donde pasar la noche. En aquel escenario, durante apenas diez semanas, cinco mujeres fueron asesinadas en circunstancias que llevaron a los investigadores a sospechar que estaban persiguiendo a un mismo hombre. La investigación policial no consiguió identificarlo y los archivos históricos conservan tanto el rastro de los crímenes como las dificultades de las víctimas antes de morir.
Los primeros rumores hablaban de un extranjero, un médico perturbado o un hombre que conocía perfectamente los callejones del barrio. Cada nuevo asesinato alimentaba el miedo. Los periódicos publicaban ilustraciones macabras, los vecinos organizaban patrullas improvisadas y la policía recibía una avalancha de informaciones contradictorias. Pero el criminal seguía moviéndose por las calles de Whitechapel sin que nadie pudiera identificarlo con certeza. Entonces llegó una carta que transformaría para siempre el caso: alguien se presentó ante el mundo como Jack el Destripador.
Las cinco víctimas: los crímenes que construyeron la leyend
| Mary Ann Nichols | 31 de agosto de 1888 |
| Annie Chapman | 8 de septiembre de 1888 |
| Elizabeth Stride | 30 de septiembre de 1888 |
| Catherine Eddowes | 30 de septiembre de 1888 |
| Mary Jane Kelly | 9 de noviembre de 1888 |
La primera víctima canónica fue Mary Ann Nichols, conocida como Polly. Su cuerpo apareció durante la madrugada del 31 de agosto de 1888 en Buck’s Row. Ocho días después, Annie Chapman fue encontrada muerta en el patio trasero de una vivienda de Hanbury Street. Las lesiones que presentaba llevaron a algunos médicos de la época a preguntarse si el asesino poseía conocimientos anatómicos. Aquella hipótesis acabaría convirtiéndose en una de las teorías más repetidas de toda la investigación, aunque nunca se demostró que el responsable fuera médico o cirujano.
La noche del 30 de septiembre pasaría a la historia como la del doble asesinato. Elizabeth Stride fue encontrada muerta en Dutfield’s Yard, mientras que Catherine Eddowes apareció poco después en Mitre Square. La posibilidad de que el agresor de Stride hubiera sido interrumpido antes de terminar su ataque y hubiera buscado otra víctima esa misma noche se convirtió en una explicación recurrente, pero sigue siendo una hipótesis. Finalmente, el 9 de noviembre, Mary Jane Kelly fue asesinada dentro de su habitación en Miller’s Court. La privacidad de aquel espacio permitió al agresor actuar durante más tiempo que en los ataques cometidos en plena calle. Después, la secuencia de asesinatos canónicos terminó tan abruptamente como había comenzado.
Durante décadas, las víctimas quedaron reducidas en numerosos relatos a sus circunstancias económicas o a su supuesta dedicación a la prostitución. Sin embargo, los Archivos Nacionales británicos subrayan que ninguna de las cinco era conocida por la policía como trabajadora sexual y que todas habían tenido otras ocupaciones. Algunas habían estado casadas, tenían hijos o habían trabajado durante años antes de caer en la pobreza. Conocer sus nombres y sus vidas es imprescindible para comprender que detrás del misterio no había simplemente cinco cadáveres, sino cinco mujeres cuya vulnerabilidad fue explotada por un asesino
La carta que dio nombre al monstruo

El 27 de septiembre de 1888, la Central News Agency recibió una carta escrita con tinta roja. Su autor afirmaba ser el responsable de los asesinatos y se burlaba de los investigadores. Pero lo que verdaderamente llamó la atención fue la firma: Jack the Ripper. Hasta entonces, el criminal había recibido diferentes denominaciones, pero aquel nombre resultó irresistible para la prensa. En pocos días se convirtió en una figura conocida mucho más allá de Londres. La carta amenazaba con nuevas mutilaciones y, tras los asesinatos del 30 de septiembre, adquirió una notoriedad todavía mayor. No obstante, muchos investigadores consideran que pudo ser una falsificación elaborada para alimentar el interés periodístico.
Después llegó la postal conocida como Saucy Jacky y, posteriormente, una comunicación todavía más macabra: la carta From Hell, enviada a George Lusk, presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel. El paquete que la acompañaba contenía parte de un riñón humano y su autor aseguraba que pertenecía a una víctima. Catherine Eddowes había sufrido la extracción de un riñón, lo que alimentó las sospechas sobre la autenticidad del envío. Sin embargo, nunca pudo demostrarse de forma concluyente que el órgano procediera de ella. Tampoco existe una prueba sólida de que alguna de las centenares de cartas recibidas por la policía y los periódicos fuera escrita realmente por el asesino.
Y aquí aparece una posibilidad fascinante: ¿y si el asesino jamás se llamó a sí mismo Jack el Destripador? ¿Y si el nombre que lo convirtió en una leyenda nació de una broma periodística? En ese caso, durante más de un siglo habríamos estado persiguiendo a un hombre bajo un nombre que quizá ni siquiera llegó a conocer.
Los sospechosos: una investigación llena de nombres y ninguna certeza
En 1894, Melville Macnaghten, un alto responsable de Scotland Yard que había ingresado en el cuerpo después de los asesinatos, redactó un memorándum confidencial en el que mencionaba a tres sospechosos: Montague John Druitt, un hombre identificado como Kosminski y Michael Ostrog. El documento se convirtió en una pieza fundamental para generaciones posteriores de investigadores. Sin embargo, Macnaghten no presentó pruebas definitivas contra ninguno de ellos y cometió errores en algunos datos biográficos. Su informe permite conocer qué sospechas circulaban dentro de la policía, pero no equivale a una resolución del caso.
Aaron Kosminski: el barbero polaco y la polémica prueba de AD
Aaron Kosminski era un inmigrante polaco de origen judío que vivía en Whitechapel. Su nombre aparece asociado a las sospechas de varios responsables policiales de la época. Sufrió problemas graves de salud mental y fue ingresado en instituciones psiquiátricas, pero ni su enfermedad ni su origen constituyen pruebas de participación en los asesinatos. Los documentos conservados tampoco demuestran que cometiera homicidios. Aun así, su nombre reapareció con fuerza más de un siglo después gracias a una supuesta evidencia científica: un chal presuntamente recuperado junto al cuerpo de Catherine Eddowes.
En 2019 se publicó un estudio forense que afirmaba haber encontrado en aquella prenda perfiles de ADN mitocondrial compatibles con descendientes maternos de Eddowes y familiares de Kosminski. Los titulares no tardaron en anunciar que el misterio había sido resuelto. Pero la conclusión era mucho menos sólida de lo que parecía. La procedencia del chal no está acreditada mediante una cadena de custodia fiable; además, la prenda había sido manipulada durante décadas y podía contener material genético de distintas personas. El ADN mitocondrial tampoco identifica de manera exclusiva a un individuo. La revista científica que publicó el estudio emitió posteriormente una expresión de preocupación. Por tanto, aquella investigación no demostró que Kosminski fuera Jack el Destripador.
Montague John Druitt: el hombre que apareció muerto en el Támesis
Montague John Druitt era un abogado y profesor inglés que murió a finales de 1888. Su cadáver fue recuperado del río Támesis el 31 de diciembre, pocas semanas después del asesinato de Mary Jane Kelly. Esa coincidencia temporal alimentó una teoría tan sencilla como inquietante: ¿y si los crímenes terminaron porque el asesino se suicidó? Macnaghten afirmó haber recibido información privada según la cual la propia familia de Druitt sospechaba de él. Sin embargo, no explicó de manera verificable de dónde procedía esa información y llegó a describir erróneamente al sospechoso como un médico de unos cuarenta años. Druitt tenía treinta y un años y era abogado. No se ha encontrado evidencia física que lo relacione con los cinco asesinatos.
Su historia encaja especialmente bien en una novela de misterio: un hombre de buena familia, una muerte repentina y una serie de asesinatos que parecen detenerse inmediatamente después. Pero una coincidencia temporal no demuestra culpabilidad. Si Druitt era inocente, su muerte terminó convirtiéndose en la circunstancia que lo condenó a permanecer eternamente entre los sospechosos de un crimen que jamás pudo discutirse en un tribunal.
Michael Ostrog: el delincuente ruso que apareció en los informes policiales
El tercer nombre del memorándum era Michael Ostrog, un estafador de origen ruso con numerosos antecedentes. Macnaghten lo describió como un médico y un delincuente peligroso, pero las investigaciones históricas posteriores han cuestionado buena parte de aquellas afirmaciones. Ostrog era conocido fundamentalmente por delitos contra la propiedad y fraudes, y existen indicios de que se encontraba en Francia durante el periodo de los asesinatos. No se ha demostrado que cometiera homicidios ni que estuviera en las escenas de Whitechapel. Su presencia en el memorándum ilustra hasta qué punto una sospecha policial puede sobrevivir durante generaciones incluso cuando su fundamento original resulta incierto.
George Chapman: el barbero que sí resultó ser un asesin
Seweryn Kłosowski, conocido posteriormente como George Chapman, era otro inmigrante polaco que residió en Londres y trabajó como barbero. A diferencia de la mayoría de los sospechosos, sabemos que Chapman fue realmente un asesino: fue condenado por envenenar a tres mujeres y ejecutado en 1903. El inspector Frederick Abberline, vinculado a la investigación de Whitechapel, llegó a sospechar que podía ser también el Destripador. Sin embargo, los métodos conocidos de Chapman eran muy distintos de los empleados en los crímenes de 1888. Aunque un delincuente puede modificar su forma de matar, no existe una prueba que conecte los envenenamientos con los asesinatos de Whitechapel.
Francis Tumblety: el extravagante médico estadounidense
Francis Tumblety era un estadounidense que se presentaba como médico y que llamó la atención de las autoridades británicas durante el periodo de los asesinatos. Su conducta, sus antecedentes y determinadas sospechas policiales hicieron que su nombre acabara relacionado con Jack el Destripador. La historia adquirió mayor notoriedad cuando se conoció una carta escrita en 1913 por el antiguo detective John Littlechild, quien mencionaba a Tumblety como sospechoso. No obstante, la documentación disponible no lo sitúa de manera concluyente en ninguno de los cinco crímenes. Su candidatura permanece entre las teorías históricas, no entre los hechos demostrados.
Walter Sickert: el pintor que terminó dentro de su propio misteri
El pintor británico Walter Sickert quedó asociado al caso muchos años después de los asesinatos. Su interés por los ambientes oscuros de Londres, sus pinturas y determinadas historias sobre una habitación supuestamente relacionada con Jack el Destripador alimentaron las especulaciones. La escritora Patricia Cornwell defendió que Sickert era el asesino y dedicó una investigación a intentar demostrarlo mediante documentos, correspondencia y análisis forenses. Sin embargo, las cartas atribuidas al Destripador no tienen una autoría demostrada y las conexiones propuestas no establecen que Sickert cometiera los asesinatos. La fascinación de un artista por un crimen no demuestra que participara en él.
Thomas Cutbush y otros nombres olvidados
Thomas Cutbush fue señalado públicamente como posible Destripador después de ser acusado de atacar a mujeres con un cuchillo en 1891. Precisamente las informaciones sensacionalistas que lo vinculaban con los crímenes motivaron a Macnaghten a redactar su célebre memorándum. También se han propuesto otros nombres, como James Maybrick, cuya supuesta confesión apareció en un controvertido diario dado a conocer más de un siglo después, o Charles Lechmere, uno de los hombres relacionados con el descubrimiento del cuerpo de Mary Ann Nichols. En ambos casos, las interpretaciones de documentos y circunstancias históricas han generado debates, pero no pruebas concluyentes de culpabilidad. La lista de sospechosos se ha ampliado tanto que, dependiendo de qué hipótesis se acepten, prácticamente cualquier hombre con alguna conexión con el East End victoriano podría terminar formando parte de ella
La conspiración de la familia real
Pocas teorías han alimentado tantas novelas y películas como la que relaciona los asesinatos con la familia real británica. Según distintas versiones, el príncipe Alberto Víctor, duque de Clarence y nieto de la reina Victoria, habría mantenido una relación secreta con una mujer de clase humilde. Los crímenes serían entonces parte de una operación destinada a eliminar a quienes conocían aquel supuesto escándalo. En algunas variantes, el médico real William Gull aparece como ejecutor y determinadas autoridades o miembros de la masonería como encubridores. El escritor Stephen Knight popularizó esta interpretación en su libro Jack the Ripper: The Final Solution, publicado en 1976. El problema es que la historia descansa sobre afirmaciones no corroboradas y conexiones especulativas. No existen pruebas documentales sólidas de que los cinco asesinatos formaran parte de una conspiración de la Corona.
¿Era un médico o un cirujano?
Las lesiones de algunas víctimas llevaron a determinados observadores de la época a pensar que el responsable tenía conocimientos anatómicos. La extracción de órganos en los casos de Annie Chapman y Catherine Eddowes alimentó la imagen de un cirujano que salía de su consulta por la noche para asesinar mujeres. Sin embargo, los médicos que examinaron los cadáveres no estuvieron completamente de acuerdo sobre el grado de habilidad del agresor. Tampoco puede deducirse una profesión concreta únicamente a partir de aquellas lesiones. Se ha planteado que pudiera tratarse de alguien acostumbrado a trabajar con animales, como un carnicero, pero esta posibilidad tampoco está demostrada.
La hipótesis médica sigue resultando atractiva porque parece explicar determinados aspectos de los ataques, pero introduce una suposición que todavía no hemos conseguido verificar: que el asesino necesitaba una formación especializada para cometerlos. Las interpretaciones forenses modernas deben tener en cuenta, además, las limitaciones de los informes de 1888 y las dificultades de reconstruir una escena a partir de documentos incompletos.
La teoría del asesino local
Otra explicación prescinde de aristócratas, conspiraciones y médicos famosos. Propone que el asesino era un hombre corriente que vivía o trabajaba cerca de Whitechapel y conocía sus calles, sus horarios y sus lugares menos transitados. La proximidad de los escenarios y la capacidad de desaparecer rápidamente podrían ser compatibles con un delincuente familiarizado con el barrio. Esta hipótesis ha inspirado investigaciones geográficas modernas, aunque los datos conservados no permiten identificar a una persona concreta. Además, el Londres de 1888 era una ciudad de intensa movilidad: conocer Whitechapel no exigía necesariamente vivir allí.
La posibilidad de que Jack fuera un vecino prácticamente invisible para la policía resulta especialmente perturbadora. Mientras los periódicos buscaban a un monstruo extraordinario, el responsable pudo haber sido alguien que compartía taberna, alojamiento o lugar de trabajo con personas que leían cada mañana las noticias sobre sus propios crímenes. Es una posibilidad, no un hecho demostrado.
¿Y si Jack el Destripador era una mujer?
La idea de que el asesino pudiera ser una mujer también ha aparecido periódicamente. Sus defensores han planteado que una mujer habría despertado menos sospechas al caminar por determinadas calles o aproximarse a otras mujeres. Sin embargo, no existen evidencias físicas o testimoniales concluyentes que permitan establecer que el responsable fuera mujer. La teoría tampoco resuelve por sí sola las contradicciones del caso. Resulta útil para recordar que las investigaciones pueden verse condicionadas por los prejuicios de su época, pero no constituye una identificación alternativa demostrada.
El ADN: la prueba que parecía destinada a resolver el misterio
Durante años, el avance de la genética forense alimentó una esperanza: quizá algún objeto conservado desde 1888 permitiría recuperar material biológico del asesino. El célebre chal supuestamente perteneciente a Catherine Eddowes parecía ofrecer esa oportunidad. Sin embargo, el estudio publicado en 2019 y las críticas posteriores muestran la enorme dificultad de analizar una pieza cuya procedencia y conservación no están suficientemente documentadas. La contaminación, las múltiples personas que pudieron tocarla y las limitaciones del ADN mitocondrial impiden convertir una coincidencia genética en una identificación individual concluyente.
La ciencia puede recuperar información extraordinaria de restos antiguos, pero no puede reconstruir una cadena de custodia inexistente. Incluso si se identificara material genético de un sospechoso en un objeto histórico, todavía habría que demostrar que aquel objeto estuvo realmente en la escena del crimen y que el ADN llegó hasta él durante el asesinato, no décadas después
¿Por qué dejó de matar?
El asesinato de Mary Jane Kelly, cometido el 9 de noviembre de 1888, es el último de los cinco crímenes canónicos. Después, Jack el Destripador parece desaparecer. ¿Murió? ¿Fue encarcelado por otro delito? ¿Abandonó Londres? ¿Ingresó en una institución psiquiátrica? ¿O continuó matando sin que sus siguientes crímenes fueran relacionados con los anteriores? Ninguna explicación ha podido demostrarse.
Macnaghten consideró posibles dos escenarios: que el responsable se hubiera suicidado después del último asesinato o que hubiera sido internado por su familia. Esas posibilidades encajaban con algunos de los sospechosos que mencionó, pero no se apoyaban en pruebas capaces de resolver el caso. También es posible que los asesinatos cesaran por circunstancias que jamás conoceremos.
El final abrupto de la serie ha contribuido enormemente a la leyenda. A diferencia de otros asesinos seriales, Jack no dejó una confesión verificable, un juicio o una detención que permitieran reconstruir su vida. El último capítulo de su historia está vacío.
Entonces, ¿quién fue realmente Jack el Destripador?
Después de más de un siglo de investigaciones, libros, documentales y nuevas hipótesis, la respuesta continúa siendo la misma: no lo sabemos. Los documentos policiales permiten identificar sospechosos históricos, pero ninguno fue condenado por los cinco asesinatos. Las cartas pueden revelar cómo se construyó la leyenda, pero no sabemos cuáles, si es que alguna, fueron escritas por el criminal. Los análisis genéticos han aportado nuevas controversias, no una identificación definitiva.
Tal vez el nombre verdadero del asesino aparezca en alguno de los viejos expedientes de Scotland Yard. Quizá fue uno de los hombres interrogados durante el otoño de 1888. Puede que su identidad jamás figurase en una investigación policial. Lo que sí sabemos es que durante unas semanas cinco mujeres fueron asesinadas en uno de los barrios más pobres de Londres y que el responsable nunca respondió por aquellos crímenes.
La niebla de Whitechapel hace mucho que desapareció. Sus calles cambiaron, las viviendas fueron demolidas y el Londres victoriano se convirtió en historia. Pero el nombre de Jack el Destripador continúa apareciendo en libros y titulares, como si aquel hombre todavía caminara por los callejones esperando a que alguien descubriera quién era.
Y puede que esa sea la paradoja final del caso: conocemos el apodo del asesino más famoso de la Inglaterra victoriana, pero ni siquiera podemos asegurar que alguna vez lo utilizara.
Texto recuperado de AsesinosEnSerie.net. Se conserva el contenido original; su importación no implica una nueva verificación de todas las afirmaciones, citas ni atribuciones.
Consultar la publicación original