Un asesinato ha terminado. La policía acordona el lugar, fotografía cada rincón, recoge huellas, fibras y muestras biológicas y comienza a buscar al responsable. Lo lógico sería pensar que existe una persona que jamás querría acercarse de nuevo a ese lugar: el asesino. Sin embargo, en determinados casos ocurre exactamente lo contrario. Algunos criminales regresan, observan las consecuencias de lo que hicieron, visitan lugares relacionados con sus víctimas o reconstruyen mentalmente el crimen una y otra vez. ¿Por qué alguien asumiría semejante riesgo? La respuesta es mucho más compleja —y más inquietante— que la simple curiosidad.
Existe una idea extraordinariamente extendida gracias al cine y las series: el asesino que vuelve a la escena del crimen para contemplar desde lejos cómo trabaja la policía. Lleva una gorra, permanece detrás de la cinta policial y disfruta viendo a los investigadores intentar resolver el rompecabezas que él mismo ha creado. La escena funciona maravillosamente en una película. El problema es que la criminología real es bastante menos ordenada. No existe una regla según la cual los asesinos en serie regresen a sus escenas del crimen, ni hacerlo constituye por sí solo una señal que permita identificar a alguien como responsable. Algunos vuelven físicamente; otros regresan a lugares vinculados a sus víctimas; algunos siguen las noticias, guardan objetos o fotografías; y otros parecen no necesitar volver jamás. Lo realmente interesante no es preguntarse si todos regresan, porque sabemos que no es así, sino comprender por qué determinados delincuentes sienten la necesidad de mantener algún tipo de conexión con lo que hicieron.
El asesinato puede terminar físicamente mucho antes de terminar en la mente
Para entenderlo debemos abandonar por un momento la escena del crimen y entrar en la cabeza del delincuente. Un homicidio no tiene necesariamente un principio y un final perfectamente delimitados para quien lo comete. Puede existir una fase previa formada por fantasías, planificación, selección de la víctima y preparación; después llega el delito propiamente dicho; y posteriormente puede aparecer otra fase en la que el agresor recuerda, evalúa, revive o modifica mentalmente lo ocurrido. El análisis conductual moderno estudia precisamente esa progresión. El FBI señala que comprender el comportamiento posterior al delito puede ayudar a explicar cómo un delincuente evalúa lo sucedido y adapta su modus operandi cuando vuelve a actuar.
Dicho de otra manera: para algunos asesinos, el crimen continúa existiendo mucho después de que la víctima haya muerto. Lo que para la policía es una escena que debe ser procesada y cerrada puede seguir siendo para el delincuente un lugar cargado de significado. Allí ocurrió algo que había imaginado previamente, experimentó determinadas emociones, ejerció control sobre otra persona o materializó una fantasía. Regresar —física o mentalmente— puede convertirse entonces en una forma de recuperar parte de aquella experiencia.
Esto tampoco significa que exista una explicación psicológica universal. Los asesinos seriales constituyen un grupo extraordinariamente heterogéneo. Sus motivaciones, personalidades, relaciones con las víctimas y comportamientos posteriores pueden ser radicalmente distintos. Hablar de “la mente del asesino en serie” como si todos compartieran el mismo cerebro es uno de los errores más habituales de la cultura popular.
Volver para revivir el crimen
Una de las explicaciones más inquietantes es también una de las más sencillas: revivir lo ocurrido.
Determinados delincuentes desarrollan fantasías violentas antes de actuar. Cuando finalmente cometen el delito, la realidad puede incorporarse posteriormente a esas fantasías. El lugar, la víctima, determinados objetos o incluso las noticias relacionadas con el caso pueden convertirse en estímulos capaces de reconstruir mentalmente la experiencia. En este sentido, regresar no tendría por qué significar necesariamente caminar otra vez hasta el punto exacto donde ocurrió el asesinato. El criminal puede regresar de muchas otras formas.
Puede conservar un objeto.
Puede leer compulsivamente las noticias.
Puede observar fotografías.
Puede visitar lugares relacionados con la víctima.
Puede recordar determinados momentos.
Puede seguir la investigación policial.
El elemento común no es el desplazamiento físico, sino la conservación del vínculo psicológico con el delito.
Por eso en algunas investigaciones resulta relevante diferenciar entre los objetos que el delincuente abandona y aquellos que decide llevarse. Un objeto perteneciente a una víctima puede tener una utilidad práctica, puede ser eliminado para ocultar evidencia o puede adquirir un significado personal para el agresor. Popularmente estos objetos suelen denominarse “trofeos” o “souvenirs”, aunque conviene evitar asumir automáticamente la motivación: encontrar una pertenencia de una víctima en poder de un sospechoso puede ser una evidencia extraordinariamente importante, pero interpretar por qué decidió conservarla exige analizar el conjunto del caso.
La fantasía: el crimen antes y después del crimen
La palabra fantasía aparece constantemente cuando se estudian determinados homicidios seriales, pero suele entenderse mal. No significa que cualquier persona con pensamientos violentos vaya a cometer un crimen. Millones de seres humanos tienen pensamientos, imágenes o fantasías que jamás convertirán en acciones. No existe una línea automática entre imaginar y hacer.
En ciertos delincuentes violentos, sin embargo, las fantasías pueden ocupar un papel importante en la conducta criminal. El delito puede ser preparado mentalmente mucho antes de producirse y, una vez cometido, el recuerdo real proporciona nuevo material. El asesino puede analizar qué salió como esperaba, qué no funcionó, qué sintió y qué modificaría la próxima vez. El crimen pasado puede alimentar así la preparación del siguiente.
Esto explica algo fundamental en la investigación de homicidios seriales: los delincuentes pueden aprender.
El modus operandi no tiene por qué permanecer inmutable. Un criminal puede cambiar de método porque una víctima casi escapó, porque estuvo a punto de ser descubierto, porque encontró una forma más sencilla de aproximarse a sus objetivos o porque aprendió de errores anteriores. El FBI lleva décadas estudiando precisamente estos patrones de comportamiento, no porque permitan leer mágicamente la mente del asesino, sino porque las decisiones tomadas antes, durante y después del delito pueden aportar información útil a una investigación.
Volver para comprobar qué ha descubierto la policía
Existe otra motivación mucho más práctica: saber qué está ocurriendo.
Imaginemos a un asesino que ha dejado un cadáver escondido. No sabe cuándo será descubierto. Tampoco sabe qué evidencias dejó accidentalmente. ¿Encontraron el cuerpo? ¿Ha identificado la policía a la víctima? ¿Hay cámaras? ¿Existen testigos? ¿Se está buscando un automóvil como el suyo? ¿Han publicado un retrato robot?
La incertidumbre puede ser enorme.
Eso no implica que necesariamente vuelva caminando hasta la escena. Sería tremendamente arriesgado. Puede obtener la misma información siguiendo periódicos, televisión, radio y, actualmente, internet y redes sociales. El interés obsesivo por una investigación tampoco demuestra culpabilidad: familiares, vecinos, periodistas y simples aficionados pueden seguir intensamente un caso. Pero desde la perspectiva del delincuente, conocer el progreso policial posee un evidente valor práctico.
Le permite evaluar su exposición.
Y también aprender.
Si descubre que determinada acción dejó una pista importante, puede evitar repetirla. Si observa que la policía no ha relacionado dos homicidios, puede sentirse más seguro. Si descubre que los investigadores están buscando a una persona con características diferentes a las suyas, puede interpretar —correcta o incorrectamente— que continúa teniendo ventaja.
En ese sentido, seguir la investigación puede formar parte de la fase posterior del delito.
El ego: “están hablando de mí”
Después aparece un elemento que resulta especialmente visible en determinados asesinos famosos: la necesidad de atención.
Aquí el ejemplo clásico no consiste en regresar físicamente a una escena, sino en algo todavía más evidente: regresar al crimen mediante los medios de comunicación. El asesino del Zodiaco envió cartas a periódicos, criptogramas y comunicaciones en las que se atribuía asesinatos y se burlaba de la policía. BTK —Dennis Rader— hizo algo similar durante años, comunicándose con medios y autoridades y construyendo incluso su propia denominación: Bind, Torture, Kill.
Estos delincuentes no parecían conformarse con cometer sus crímenes.
Querían que alguien supiera que ellos los habían cometido.
La investigación, las noticias y el miedo generado pasaban a formar parte de la experiencia. El asesinato producía una segunda consecuencia: notoriedad. Para un delincuente que busca reconocimiento, contemplar cómo policías, periodistas y ciudadanos hablan de un crimen cuya autoría solo él conoce puede proporcionar una forma adicional de gratificación.
Pero esa necesidad de reconocimiento también puede convertirse en un error.
Dennis Rader constituye uno de los ejemplos más extraordinarios. Décadas después de sus primeros asesinatos volvió a comunicarse con los medios. Su intercambio de mensajes con la policía terminó desempeñando un papel crucial en su identificación cuando envió un disquete que permitió a los investigadores obtener información digital relacionada con él.
El hombre que había pasado décadas sin ser descubierto volvió a llamar la atención sobre sí mismo.
Y terminó ayudando a que lo encontraran.
El control no siempre termina con la muerte
En determinados homicidios, el control sobre la víctima desempeña un papel central. El delincuente decide dónde ocurre el ataque, qué puede hacer la víctima, cuánto dura y cómo termina. Después de la muerte, ese control puede prolongarse simbólicamente mediante la manipulación, ocultación, traslado o disposición del cadáver.
Precisamente por eso el lugar donde aparece un cuerpo resulta tan importante para los investigadores. Un amplio estudio del National Center for the Analysis of Violent Crime del FBI analizó cientos de casos de homicidio serial prestando especial atención a cómo y dónde eran encontrados los cuerpos. Los investigadores diferenciaron escenarios como cuerpos trasladados y ocultados, trasladados y abandonados, dejados en el lugar del asesinato o escondidos en la propia escena. La forma de disponer del cadáver puede proporcionar información sobre el comportamiento, experiencia y relación del delincuente con la víctima.
Esto introduce otra posibilidad cuando hablamos de “volver”: algunos criminales pueden mantener una relación psicológica con el lugar donde dejaron a una víctima. No necesariamente porque deseen admirar el trabajo de la policía, sino porque ese espacio pertenece mentalmente a su experiencia criminal.
Un bosque, una carretera secundaria, un río, una vivienda abandonada o un descampado pueden convertirse en algo más que simples coordenadas.
Pueden formar parte del ritual.
¿Vuelven para ver el cadáver?
Esta es probablemente la versión más oscura del fenómeno y también una de las que exige mayor prudencia.
Sí, existen criminales que han mantenido contacto posterior con los cuerpos de sus víctimas o han regresado a lugares relacionados con ellos. Pero no debemos transformar casos individuales en una característica general de los asesinos seriales.
Jeffrey Dahmer, por ejemplo, no necesitaba “regresar” a una escena externa en el sentido cinematográfico porque buena parte de sus delitos se desarrollaron dentro de espacios bajo su control y conservó restos de algunas víctimas. Cuando fue detenido en 1991, los investigadores encontraron restos de once personas en su apartamento, junto con abundante evidencia que posteriormente fue sometida a análisis forense. Su caso demuestra hasta qué punto el vínculo posterior con una víctima puede adoptar formas mucho más extremas que regresar a un lugar público.
Otros delincuentes han ocultado cadáveres en lugares que conocían bien o a los que podían acceder nuevamente. Sin embargo, cada comportamiento debe analizarse dentro de su caso concreto. No existe una plantilla que permita decir: “si hizo esto, pertenece a este tipo de asesino”.
La realidad criminal rara vez es tan cómoda.
También pueden volver porque conocen perfectamente el lugar
Existe una explicación menos psicológica y mucho más práctica que suele olvidarse: familiaridad geográfica.
Los delincuentes no eligen necesariamente sus escenarios lanzando un dardo sobre un mapa. Pueden actuar en lugares que conocen, cerca de rutas habituales, zonas de trabajo, espacios recreativos o áreas en las que saben cómo entrar y salir sin llamar demasiado la atención.
Esto genera una paradoja.
El asesino puede “volver” a las proximidades de una escena simplemente porque forma parte de su vida cotidiana.
Tal vez trabaja cerca.
Tal vez vive allí.
Tal vez utiliza regularmente esa carretera.
Tal vez conoce ese bosque desde pequeño.
Por eso observar repetidamente a una persona cerca de una escena no significa automáticamente que esté regresando para disfrutar de su crimen. Puede existir una explicación completamente ordinaria.
Los investigadores necesitan contexto.
Cuando regresar se convierte en una forma de desafío
Hay criminales para los que la policía no es únicamente una amenaza.
También puede convertirse en una audiencia.
El caso Zodiac representa perfectamente este fenómeno. Sus cartas contenían detalles de los crímenes, amenazas, códigos y burlas. El autor parecía disfrutar de la relación que había creado con periódicos y fuerzas policiales. Cada nueva comunicación conseguía que el personaje “Zodiac” regresara a la esfera pública aunque no hubiera un nuevo asesinato confirmado.
En estos casos aparece una forma peculiar de poder: “sé algo que vosotros no sabéis”.
El asesino conoce la respuesta al misterio.
Sabe quién cometió el crimen.
Conoce detalles que los investigadores intentan reconstruir.
Y mientras permanezca sin identificar puede interpretar esa diferencia de información como una victoria personal.
Por supuesto, esa sensación puede ser completamente ilusoria. La historia criminal está llena de delincuentes que se creían mucho más inteligentes de lo que realmente eran. Algunos fueron detenidos por errores ridículamente pequeños después de haber evitado durante años errores enormes.
El exceso de confianza también deja pistas.
¿La policía vigila los funerales?
Otra idea clásica del cine policial muestra detectives escondidos entre los asistentes al funeral esperando que el asesino aparezca entre la multitud.
¿Puede ocurrir?
Sí, las autoridades pueden vigilar funerales, homenajes u otros acontecimientos relacionados con una víctima cuando existen razones investigativas para hacerlo. Pero nuevamente debemos escapar de la regla cinematográfica: un asesino no tiene por qué acudir al funeral de su víctima.
Si aparece alguien sospechoso, su mera presencia tampoco demuestra nada. Puede tratarse de un conocido que los investigadores todavía no habían identificado, un vecino, un compañero de trabajo o incluso un desconocido afectado por el caso.
El comportamiento solo adquiere significado cuando se combina con otras evidencias.
Y esta idea es esencial para comprender el análisis conductual real.
Un perfil no sustituye una huella.
Una conducta extraña no sustituye ADN.
Una coincidencia no sustituye una prueba.
El análisis del comportamiento sirve para orientar investigaciones, establecer prioridades, comprender dinámicas y relacionar casos; no es una máquina capaz de señalar mágicamente al culpable.
¿Qué siente un asesino cuando vuelve?
Aquí entramos en terreno peligroso si intentamos generalizar.
No podemos decir que “el asesino siente placer” simplemente porque haya regresado. Puede experimentar excitación, miedo, ansiedad, curiosidad, nostalgia de la fantasía, sensación de poder o preocupación por haber dejado pruebas. También puede regresar por motivos completamente prácticos.
Y dos delincuentes que realizan exactamente la misma conducta pueden hacerlo por razones diferentes.
Esta es una de las grandes dificultades de interpretar una escena criminal.
El investigador observa el resultado.
Pero debe reconstruir la intención.
Un cuerpo oculto puede significar que el delincuente sentía vergüenza, que quería retrasar el descubrimiento, que necesitaba tiempo para escapar, que conocía perfectamente el terreno o simplemente que aquel lugar era conveniente.
La conducta es observable.
La motivación debe demostrarse o inferirse con cautela.
El mito del asesino que siempre vuelve
Llegamos así a la frase que probablemente todos hemos escuchado alguna vez:
“El asesino siempre vuelve a la escena del crimen.”
No.
Es una magnífica frase para una película.
No es una ley de la criminología.
Algunos delincuentes vuelven. Otros no. Algunos mantienen contacto indirecto con el caso. Otros conservan pertenencias. Algunos siguen las noticias. Otros escriben a los periódicos. Algunos regresan mentalmente al crimen durante años. Otros modifican rápidamente su comportamiento y buscan una nueva víctima.
Incluso dentro de una misma carrera criminal, el comportamiento puede cambiar.
Eso es precisamente lo que hace tan compleja la investigación de homicidios seriales.
Si todos los asesinos siguieran las mismas reglas, probablemente serían muchísimo más fáciles de capturar.
El verdadero regreso puede ocurrir dentro de su cabeza
Quizá, por tanto, hemos estado interpretando demasiado literalmente la palabra volver.
El regreso más importante no siempre requiere caminar hasta un bosque, aparcar frente a una casa o mezclarse entre policías y periodistas.
Puede ocurrir sentado en un sofá.
El delincuente abre el periódico.
Ve una fotografía de la víctima.
Recuerda.
Reconstruye mentalmente lo ocurrido.
Comprueba qué sabe la policía.
Fantasea.
Evalúa sus errores.
Modifica el próximo crimen.
O contempla un objeto que únicamente él sabe de dónde procede.
La escena física puede estar a cien kilómetros.
Pero psicológicamente acaba de regresar a ella.
Y probablemente ahí se encuentre la parte verdaderamente inquietante del fenómeno. Un homicidio puede durar minutos u horas para la víctima, pero permanecer durante años en la mente de quien lo cometió. Para algunos asesinos seriales, el crimen pasado puede transformarse en recuerdo, fantasía, aprendizaje o estímulo para el siguiente.
Por eso la policía estudia no solamente qué hizo el asesino, sino también lo que ocurrió antes y después.
Dónde encontró a la víctima.
Cómo se aproximó.
Qué cambió respecto al crimen anterior.
Qué se llevó.
Qué dejó.
Dónde abandonó el cuerpo.
Qué hizo posteriormente.
Si se comunicó con alguien.
Si siguió la investigación.
Si modificó su método.
Cada decisión añade una pieza.
Y en algún momento una de esas piezas puede revelar algo que el asesino nunca pretendió contar.
Porque volver a la escena del crimen puede permitirle revivir aquello que hizo.
Pero también implica una cosa que ningún criminal debería olvidar:
cada vez que vuelve a acercarse a su crimen, existe la posibilidad de que también vuelva a acercarse a la policía.